The Show Must Go On: el Grand Guignol en la Sociedad del Conocimiento

Cuando estás inmerso en algo grave, un posgrado y un desempleo que no acaban de materializarse pero están ahí o una crisis socioeconómica global cualquiera, todo parece converger.

Cada uno de nuestros movimientos, lo que eliges ver o leer, los relatos y anécdotas que extraes de tus experiencias cotidianas buscan, casi de manera inconsciente, conexiones, claves o indicios que puedan ayudar al estudio empírico de los hechos sociales. Serán tímidas guías que sirvan como primer esbozo para tratar de observar la compleja construcción de la realidad.

En el clásico estudio “Middletown” de 1929 (mencionado en “Proyectos y Estrategias de Investigación Social” de Javier Callejo y Antonio Viedma) el matrimonio Lynd -Helen y Robert- optaron por una metodología de investigación sociológica flexible donde tenía cabida incluso la “entrevista casual”.

Bajar a comprar tabaco y ver a la joven pakistaní que trabaja en el local (sí, he preguntado su nacionalidad) cambiando el canal de la televisión con cierto mohín “- No quiero Obama ni quiero Zapatero. Quiero algo divertido… A ver… Fox News no… éste tampoco…” (sic); escuchar en un bar, durante la celebración de un cumpleaños familiar, a un publicista decir “- Ahora, con la crisis, se demandan ante todo mensajes optimistas. Si son humorísticos, mejor… La gente quiere pasarlo bien” (no es literal), se convierten en posibles datos de interés.

Datos que se magnifican cuando abandonas tu rincón de estudios, pasas por el micro salón del hogar y ves un instante, de camino al wáter, el concurso televisivo del primetime nocturno de nosequé cadena.

El presentador es un actor cómico conocido que conduce con gracejo y pasión el típico programa de preguntas y respuestas rápidas de cultura general. Lo que llama la atención, y retiene el pis de ésta vuestra investigadora, es que tanto concursantes como jefe de pista de este circo están disfrazados:

“- ¿Por qué va éste disfrazado de conejo?”.

Levantando los ojos del IPhone, me responden “- No, el presentador va de Pantera Rosa”.

Continúo desde el baño, pues solo temo a una muerte tan tonta como la de Tycho Brahe más que a este máster  y al desempleo:

-“Pero ¿por qué van disfrazados?. Ya no es carnaval, ni Halloween… “

– “No sé, creo que han dicho que era un especial Dibujos Animados…”.

A la vuelta, no se extrae más información sobre el asunto porque la pantalla está dedicada al justo descanso del obrero.

Como estos, innumerables hechos anecdóticos y cotidianos nos conducen a pensar que los turboespectadores buscamos principalmente que nos entreTENGAN y que interrogarnos acerca de la Sociedad del Conocimiento, pasa por asumir necesariamente la existencia de la Sociedad del Espectáculo que auguró Debord.

¿Existen indicadores de consumo de espectáculo, también, en la prensa diaria digital?, ¿se transforma la información, pretendidamente objetiva desde el discurso oficial periodístico, en entretenimiento y espectáculo?. Para contestar estas preguntas, llevo desde enero recogiendo las “noticias más vistas” de cuatro periódicos nacionales -El País, El Mundo, Público y ABC- y, sin análisis de contenido mediante, llama la atención que, indefectiblemente, siempre encontremos algunas que podrían calificarse a priori como “sensacionalistas” o, como prefiero llamarlo por ahora “espectaculares”.

Encontramos sexo, escándalo y fama en un contexto cada vez más reaccionario, como apuntan estudios indispensables y polvorientos, por lo viejo del libro  (la primera edición data de 1972), como el manual “Ideología y Análisis de Medios de Comunicación” de Josep María Casasús.

Los consumidores-espectadores, parafraseando a Umberto Eco, no solo desean emocionarse con la garantía de lo bueno, sino con el escalofrío de lo malo.

Sorprende que, en algunas publicaciones de corte conservador como ABC, el supuesto interés de los lectores omita asuntos de interés nacional como la Huelga General o los escándalos relacionados con la Casa Real española, prevaleciendo cualquier titular que contenga palabras pertenecientes, principalmente, al campo semántico del sexo o la violencia.

Convendría, en cualquier caso, proceder con cautela antes de abrazar las teorías expuestas por Neil Postman y dar por cierto que la cosmética ha reemplazado a la ideología y solo somos capaces de divertirnos hasta la muerte.

Podemos asumir que el espectáculo sea cada vez más grotesco para captar al atención y que nuestra querencia casi reptiliana por el Grand Guignol sirva a fines mercantilistas con nuestra complicidad mediada por la tecnología; algo que ficciones contemporáneas a las que nos referiremos constantemente en éste vuestro blaghf -novelas como “La Broma Infinita” de D.F. Wallace o series televisivas como Black Mirror de Charlie Brooker– tratan con la audacia metanarrativa propia de la weltanschauung sobremoderna (nos tomamos la licencia de robarle este término a Marc Augé sin definirlo por ahora).

Pero, antes de dar por hecho que sólo estamos  ávidos de telerrealidad, vídeos de tortas, gifs animados de gatitos y pornografía de diversa índole; antes de claudicar como espectadores, no está de más preguntarnos si quizá lo que nos muestran como “lo más deseado” o “lo más visto” por una masa indeterminada de la que formamos parte es, en sí mismo, otro mensaje: una construcción  más susceptible de análisis.

En el interesante estudio coordinado por Bienvenido León “Informativos para la Televisión del Espectáculo”, fuentes secundarias como el Barómetro del CIS de 2007 parecen demostrar que los medios de comunicación de masas no responden a la curiosidad de los espectadores: el vivo interés por los asuntos relacionados con el medio ambiente, por ejemplo, no forma parte de la agenda setting.

El rebaño desconcertado, domado por la pornografía emotiva de la teoría propagandística liberal de Lippman -el pueblo, la masa, la turbamulta ignorante- puede no estar tan sedienta de sangre informativa: el público puede ser lorquiano, raro, multiforme, distinto y exquisito. Se organiza, analiza y comenta lo que ve.

Más allá de la realidad mediática, se construyen microrrelatos en las redes: miradas de un público indómito y crítico que, confiamos, sabe quitarse las gafas de regalo y otros filtros impuestos.

Dejaremos para otro día que intelectuales con con su Premio Nobel fresquito, se suban al carro de Debord y nos inviten indirectamente a releer ese libro de estética que tenemos de Adorno en la mesilla del dormitorio para no acabar, con nuestras inquisiciones críticas en la red, nuestra actitud de flâneurs digitales y esa manía de compartir el conocimiento, con la CULTURA en mayúsculas.

Por ahora, seguiremos paseando y mirando, sin prestar demasiada atención a lo que parece más grande o importante, no vaya a ser que la humareda mediática nos impida ver dónde está el fuego.

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