Alf come gatos

Antes de nada, un saludo a todos los que leáis esta entrada y un par de mensajes tranquilizadores.

Acabo de ver que el curso académico no empieza hasta el 16 de noviembre de 2012, así que imagino que hasta esa fecha los foros no estarán activos y es posible que encontréis incidencias de acceso.

El segundo está presente en el espacio asignado en alF al Trabajo Final del subprograma del máster que hayáis cursado. Corto y pego a continuación:

“Bienvenid@ a la última etapa del máster. En el Trabajo Fin de Máster, se pide un proyecto de investigación donde se pongan en práctica los contenidos constuidos a lo largo del estudio de todas las asignaturas.

A partir del 16 de noviembre, fecha de inicio del curso, se activarán los buzones de entrega de propuestas de Trabajo Final de Máster.

El alumn@ expondrá el tema elegido para su TFM, desarrollando los aspectos que se tengan claros del mismo. Se sugiere ajustarse, en la medida de lo posible, a los siguientes apartados:
a) descripción del tema elegido;
b) título inicial del Trabajo Final;
c) hipótesis o supuestos desde los que se parte;
d) dentro del tema, qué es lo que se pretende desarrollar/demostrar/aportar;
e) principales autores en los que te basarás;
f) principales fuentes secundarias de información a las que se tiene intención de acudir; y
g) propuesta de director o directora del Trabajo Final.
Una vez revisadas las propuestas, se asignará a cada alumn@ un director o directora del Trabajo Fin de Máster.
A partir de este momento, las relaciones serán directamente entre director@s y sus alumn@s asignad@s correspondientes.”

Escribo esta entrada porque, en el grupo creado en Facebook para nuestra maestría, muchas hemos mostrado inquietud a causa del siguiente mensaje que aparecía en el espacio de matriculación: “Si ha selecionado(…) Trabajo de fin de Máster (…) dispondrá de 7 días para priorizar sus líneas de trabajo a través de un enlace en su espacio web

Creo que este mensaje puede obviarse si atendemos a las indicaciones que transcribí más arriba y a algo con tan poca validez científica como la experiencia personal: es la tercera vez que me matriculo del TFM y la entrega y asignación de tutoras/es siempre se ha realizado a mediados de diciembre.

En cualquier caso, por si alguien desea cumplir con este requisito. Edito: Sara Osuna publicó en el grupo de Facebook esta entrada aclaratoria. Advierte que debemos diferenciar entre “Líneas de Investigación” y “Propuesta” de TFM, debiendo entregar ambos documentos cada uno cuando corresponda: Propuesta de TFM a partir de la apertura de buzones y lineas de investigación  los siete días después del trámite de la matrícula (a mi ya se me ha pasado la fecha).

Comparto con vosotros la forma de cumplir con este último requerimiento, en base a lo que dice el mensaje que os puse más arriba, pues en mi opinión no es tan fácil como parece.

El primer problema con el que os encontraréis si accedéis a la plataforma alF desde el enlace presente en la página de inicio del campus de estudiante que reza “alF Curso 2012/13”, es que ni el espacio web ni el botón para administrarlo aparece por ningún lado.

Accedíamos a través del vínculo señalado con una estrella “Mis Preferencias” que aparece en la caja de la izquierda “Mis herramientas”. Como vemos en la imagen siguiente, el botón de administración del espacio web no aparece.

Bien, pues el truquillo es entrar por innova. Tenemos el acceso en el campus del estudiante justo debajo del curso actual. 

De esta forma, si pinchamos en “Mis Preferencias” encontramos el ansiado botón.

Si pincháis ahí y todo va bien, deberíais pasar al gestor, que tendrá un aspecto similar a éste, teniendo en cuenta que, si aún no habéis subido ningún archivo, el directorio aparecerá vacío.

Ahí podéis subir los archivos que queráis, incluido el que contenga las líneas de investigación de vuestro TFM o, si tenéis tiempo y ganas, dar a vuestro espacio el aspecto de una página web como los pixels mandan subiendo un archivo index.html y los demás que configuren vuestro sitio molón  como hizo nuestro querido compañero Alberto.

Si en unas semanas seguís sin tener acceso al espacio del TFM,  habrá que contactar con el Centro de Atención al Usuario (CAU)

Espero que estas notas os sirvan de ayuda y os mando muchos ánimos, abrazos y gatitos para que Gordon Shumway (ALF), el más célebre habitante de Melmac, no se los zampe todos.

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“- ¿Qué es la Realidad?” , le pregunto a CleverBot  fijando la mirada en el monitor:

“- Realidad es una palabra.” 

Tenemos aquí a una inteligencia artificial programada para responder como un humano con celebrado éxito –CleverBot fue calificado como “humano” por un 59,3% en un Test de Turing realizado en 2011- dando una respuesta tan concisa, certera e irrefutable que, unida a hechos recientes –el escándalo en torno al lesionado safari de S.M. el Rey Juan Carlos I-, invita a reflexionar sobre lo “REAL” (como dicen los anglosajones, “no pun intended”, sin juegos de palabras, sin coñas ni dobles sentidos, que no está el patio para ponerse republicano) y su construcción.

Analizar el proceso de según el cual se configura nuestra realidad, está a medio camino entre la sociología, la filosofía y, en base a nuestro insolvente criterio, la etnología. Como señalan Peter L. BergerThomas Luckmann “Lo que es “real” para un monje del Tíbet puede no ser “real” para un hombre de negocios norteamericano.”

Éste justificado relativismo ontológico ha fructificado con éxito en algunas tesis neoliberales que, llegando al extremo de lo sensato, aseguran que la realidad no es algo absoluto, sino un subproducto de la conciencia humana ( así lo expresa Barbara Ehrenreich citando un artículo de la revista “Fortune” en su excelente ensayo “Sonríe o Muere: la Trampa del Pensamiento Positivo” al que volveremos en otro post).

Para no perdernos -hasta ahora solo ha hablado claro una entidad robótica- acudiremos a John R. Searle, que distingue entre “hechos brutos” y “hechos institucionales”.

Los hechos institucionales existen según el acuerdo de instituciones humanas. El ejemplo más claro es el dinero: en la frutería no te cambiarían un montón de manzanas, un racimo de plátanos y un kilo de patatas a cambio de un papel primorosamente grabado de no existir una convención acordada por la que el billete de cinco euypos, funciona como puntero de memoria señalando a arcas económicas más gordas (perdón por la arriesgadísima metáfora informática).

Los hechos brutos son independientes del acuerdo humano aunque necesitan de la institución del lenguaje para ser enunciados. Siguiendo con Searle, para que un hecho bruto exista como tal, como enunciado debe distinguirse del enunciado mismo.

Es hora de invitar a Rene Magritte para que nos presente esta maravilla titulada “La Traición de las Imágenes” como ejemplo que arroje bella luz ante tanto lío ontológico.

Aunque para referirnos a un mamífero del orden Proboscidea las denominaciones taxonómicas (otra convención humana) estén sujetas a cambios -la familia “Pachydermata” (piel gruesa), que incluía hipopótamos y  rinocerontes, queda obsoleta dando paso a “Elephantidae”-  todos creemos en la existencia de los elefantes aunque seamos tan antiguos y acientíficos como para llamarlos paquidermos.

Reconozcamos que vemos pocas, pero reconocemos una pipa y la diferenciamos de su representación. Algunos, los más viejos y viajados por los espacios y el tiempo, reconocerían hasta sus distintos olores.

Llegados a este punto podemos jugar a ser tan taxativos como CleverBot y concluir que “elefante”, “realidad” e, incluso, “S.M. Juan Carlos I” (en adelante SMJCI) son por un lado palabras y, por otro, hechos susceptibles de análisis en mayor o menor grado: SMJCI es bastante más complejo que un elefante, parece.

No queda duda de que, si queremos entender algo, es preciso conocer bien el lenguaje. Conjuremos, pues, a la institución que “limpia, brilla y da esplendor” a nuestra lengua: según el DRAE, en su primera acepción “REAL” es aquello “Que tiene existencia verdadera y efectiva”.

Por extensión, algo es real si no es mentira. Si alguien nos dice algo que no es mentira, es sincero.

El diario ElMundo nos regaló un análisis sobre el discursito, por lo breve, de SMJCI en relación a su safari y ruptura de cadera firmado por Rafael López, que no dirige una Académia sino un “Club”: El Club del Lenguaje no Verbal. Una institución sobre instituciones que nos recuerda poderosamente a las que ideó C. K. Chesterton (sirva para el caso “El Club de la Réplica Inteligente” que se inscribe dentro de “El Club de los Negocios Raros“).

López analiza los gestos reales y deduce que la las disculpas son sinceras, por si poníamos en duda que fueran reales.

Vemos en pantalla a un anciano arrepentido. La pregunta que nos hacemos es: “¿Arrepentido de qué?; ¿qué no volverá a hacer?.

“Lo siento mucho, no volverá a ocurrir” nos dicen que son palabras sinceras. Ese “Lo” creo que funciona como anáfora, como partícula deíctica que, acudimos de nuevo a la RAE, recogería “el significado de una parte del discurso ya emitida”.

Pero, ¿qué parte es esa?. ¿Tiene que ver con la afición de los poderosos por las cacerías de todo tipo?. A lo mejor, lo que quería decirnos SMJCI es que no va a tener más tratos oscuros ante sus siervos, que romperá relaciones con todo lo que tenga que ver con nombres como “cacería”, “Corinna” o “Wittgenstein“. Vaya, con lo bien que nos vendría a todos estudiar y comprender  el “Tractatus Logico Philosophicus” wittgensteiniano…

En fin, para ir acabando, recupero una frase de la película dirigida por Barry Levinson  “War the Dog” (“La Cortina de Humo”): “Solo si la jodes se enteran de que ha pasado algo”.

Lo dice Dustin Hoffman caracterizado de un productor de Hollywood contratado para urdir una guerra falsa contra Albania y tapar, antes de las elecciones, el escándalo sexual del Presidente con una menor.

Parece que son estas fisuras, estos errores, los que proporcionan cierta ventaja a la hora de analizar los procesos de construcción de la realidad.

Sin embargo, resulta una tarea más compleja y arriesgada que matar a un elefante durante unas vacaciones.

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Nota sobre la ilustración:

Jean de Brunhoff, basándose en los cuentos que su esposa ideaba, creo al elefante Babar, que fue rey de la selva tras conocer las ventajas de mundo occidental. Nada mejor que un Rey Babar,  con cualidades 3D distorsionadas, para ilustrar este post confuso y paquidérmico.

Cuando estás inmerso en algo grave, un posgrado y un desempleo que no acaban de materializarse pero están ahí o una crisis socioeconómica global cualquiera, todo parece converger.

Cada uno de nuestros movimientos, lo que eliges ver o leer, los relatos y anécdotas que extraes de tus experiencias cotidianas buscan, casi de manera inconsciente, conexiones, claves o indicios que puedan ayudar al estudio empírico de los hechos sociales. Serán tímidas guías que sirvan como primer esbozo para tratar de observar la compleja construcción de la realidad.

En el clásico estudio “Middletown” de 1929 (mencionado en “Proyectos y Estrategias de Investigación Social” de Javier Callejo y Antonio Viedma) el matrimonio Lynd -Helen y Robert- optaron por una metodología de investigación sociológica flexible donde tenía cabida incluso la “entrevista casual”.

Bajar a comprar tabaco y ver a la joven pakistaní que trabaja en el local (sí, he preguntado su nacionalidad) cambiando el canal de la televisión con cierto mohín “- No quiero Obama ni quiero Zapatero. Quiero algo divertido… A ver… Fox News no… éste tampoco…” (sic); escuchar en un bar, durante la celebración de un cumpleaños familiar, a un publicista decir “- Ahora, con la crisis, se demandan ante todo mensajes optimistas. Si son humorísticos, mejor… La gente quiere pasarlo bien” (no es literal), se convierten en posibles datos de interés.

Datos que se magnifican cuando abandonas tu rincón de estudios, pasas por el micro salón del hogar y ves un instante, de camino al wáter, el concurso televisivo del primetime nocturno de nosequé cadena.

El presentador es un actor cómico conocido que conduce con gracejo y pasión el típico programa de preguntas y respuestas rápidas de cultura general. Lo que llama la atención, y retiene el pis de ésta vuestra investigadora, es que tanto concursantes como jefe de pista de este circo están disfrazados:

“- ¿Por qué va éste disfrazado de conejo?”.

Levantando los ojos del IPhone, me responden “- No, el presentador va de Pantera Rosa”.

Continúo desde el baño, pues solo temo a una muerte tan tonta como la de Tycho Brahe más que a este máster  y al desempleo:

-“Pero ¿por qué van disfrazados?. Ya no es carnaval, ni Halloween… “

– “No sé, creo que han dicho que era un especial Dibujos Animados…”.

A la vuelta, no se extrae más información sobre el asunto porque la pantalla está dedicada al justo descanso del obrero.

Como estos, innumerables hechos anecdóticos y cotidianos nos conducen a pensar que los turboespectadores buscamos principalmente que nos entreTENGAN y que interrogarnos acerca de la Sociedad del Conocimiento, pasa por asumir necesariamente la existencia de la Sociedad del Espectáculo que auguró Debord.

¿Existen indicadores de consumo de espectáculo, también, en la prensa diaria digital?, ¿se transforma la información, pretendidamente objetiva desde el discurso oficial periodístico, en entretenimiento y espectáculo?. Para contestar estas preguntas, llevo desde enero recogiendo las “noticias más vistas” de cuatro periódicos nacionales -El País, El Mundo, Público y ABC- y, sin análisis de contenido mediante, llama la atención que, indefectiblemente, siempre encontremos algunas que podrían calificarse a priori como “sensacionalistas” o, como prefiero llamarlo por ahora “espectaculares”.

Encontramos sexo, escándalo y fama en un contexto cada vez más reaccionario, como apuntan estudios indispensables y polvorientos, por lo viejo del libro  (la primera edición data de 1972), como el manual “Ideología y Análisis de Medios de Comunicación” de Josep María Casasús.

Los consumidores-espectadores, parafraseando a Umberto Eco, no solo desean emocionarse con la garantía de lo bueno, sino con el escalofrío de lo malo.

Sorprende que, en algunas publicaciones de corte conservador como ABC, el supuesto interés de los lectores omita asuntos de interés nacional como la Huelga General o los escándalos relacionados con la Casa Real española, prevaleciendo cualquier titular que contenga palabras pertenecientes, principalmente, al campo semántico del sexo o la violencia.

Convendría, en cualquier caso, proceder con cautela antes de abrazar las teorías expuestas por Neil Postman y dar por cierto que la cosmética ha reemplazado a la ideología y solo somos capaces de divertirnos hasta la muerte.

Podemos asumir que el espectáculo sea cada vez más grotesco para captar al atención y que nuestra querencia casi reptiliana por el Grand Guignol sirva a fines mercantilistas con nuestra complicidad mediada por la tecnología; algo que ficciones contemporáneas a las que nos referiremos constantemente en éste vuestro blaghf -novelas como “La Broma Infinita” de D.F. Wallace o series televisivas como Black Mirror de Charlie Brooker– tratan con la audacia metanarrativa propia de la weltanschauung sobremoderna (nos tomamos la licencia de robarle este término a Marc Augé sin definirlo por ahora).

Pero, antes de dar por hecho que sólo estamos  ávidos de telerrealidad, vídeos de tortas, gifs animados de gatitos y pornografía de diversa índole; antes de claudicar como espectadores, no está de más preguntarnos si quizá lo que nos muestran como “lo más deseado” o “lo más visto” por una masa indeterminada de la que formamos parte es, en sí mismo, otro mensaje: una construcción  más susceptible de análisis.

En el interesante estudio coordinado por Bienvenido León “Informativos para la Televisión del Espectáculo”, fuentes secundarias como el Barómetro del CIS de 2007 parecen demostrar que los medios de comunicación de masas no responden a la curiosidad de los espectadores: el vivo interés por los asuntos relacionados con el medio ambiente, por ejemplo, no forma parte de la agenda setting.

El rebaño desconcertado, domado por la pornografía emotiva de la teoría propagandística liberal de Lippman -el pueblo, la masa, la turbamulta ignorante- puede no estar tan sedienta de sangre informativa: el público puede ser lorquiano, raro, multiforme, distinto y exquisito. Se organiza, analiza y comenta lo que ve.

Más allá de la realidad mediática, se construyen microrrelatos en las redes: miradas de un público indómito y crítico que, confiamos, sabe quitarse las gafas de regalo y otros filtros impuestos.

Dejaremos para otro día que intelectuales con con su Premio Nobel fresquito, se suban al carro de Debord y nos inviten indirectamente a releer ese libro de estética que tenemos de Adorno en la mesilla del dormitorio para no acabar, con nuestras inquisiciones críticas en la red, nuestra actitud de flâneurs digitales y esa manía de compartir el conocimiento, con la CULTURA en mayúsculas.

Por ahora, seguiremos paseando y mirando, sin prestar demasiada atención a lo que parece más grande o importante, no vaya a ser que la humareda mediática nos impida ver dónde está el fuego.

Como explica Guillem Martínez en su artículo de Elpaís, la huelga no fue solo una convocatoria para personas sindicadas, sino un acto de protesta ciudadana en el que participamos muchas: precarios, autónomas, explotados, cansadas, hastiados, preñados (futuros padres) e, incluso gente estúpida como la que escribe esto, que confundieron la “etiqueta” dando pie a esta reflexión y muchas risas.

Pocas ocasiones tendremos durante esta maestría de evaluar cómo las redes facilitan la comunicación ciudadana, cómo surgen mil nodos de información y, en suma, cómo podemos participar en la acción social como la que supone la pasada Huelga General.

En Toma la Huelga nos animaban a compartir cada una de la convocatorias, fiestas y demás, que se hubieran acordado en las asambleas de barrios. Así lo hicimos.

Introduje en el pad -herramienta de escritura colaborativa on line- las propuestas de mi barrio que, muy pronto, se actualizaron en el sitio antes mencionado.

La diversión está en cómo interpreté esta línea que corté y pegué en el pad: “comida popular de traje (traete lo que tengas a mano y ¡no compres nada ese día!)” (sic).

Tenía previsto no consumir el día 29, también participar en lo que buenamente pudiera. Al leer “comida popular” supe lo que tenía que hacer: nada impediría que en la plaza del barrio se probara una de mis tortillas que superan la célebre disyuntiva “¿con cebolla o sin cebolla?” a golpe de ajetes muy tiernos.

El problema es que fui demasiado literal en la interpretación del mensajecomida popular de traje“.

Me pareció tan divertido vestir un traje, la apropiación de una imagen para subvertirla  -¡disfrazarte del 1%, vestir como los banqueros y los señores que controlan el mundo para celebrar que no los necesitamos!- , que estuve a punto de mover hilos paternos para conseguir, también, una corbata.

Algo me decía que me equivocaba, que quizá el hecho de acabar de comprar un “traje-pantalón-ganga” por 28, 39 Eurers para parecer seria si me tengo que enfrentar a una entrevista de trabajo o, incluso, para parecer aún más seria en la presentación de mi TFM, estaba nublando mi visión del mundo. Y así fue.

Aparecí en la plaza trajeada y con la rica tortilla recién hecha y cortadita en trozos. Unas 50 personas degustaba viandas sentados en los bancos, escalones, suelo, en un ambiente muy cordial. Por supuesto, nadie llevaba traje.

Tras un tímido acercamiento a los primeros grupos, tras el saludo y la invitación “- ¡Hola! ¡¡¡Feliz jornada!!! Esto es un éxito, hay bastante gente. Acabo de hacer esta tortilla ¿Queréis probar?”. me encontré con miradas desconfiadas y negativas a probar mi aportación al festín.

Nerviosa, seguí paseándome y ofreciendo un bocado con el mismo resultado negativo. Pregunté si había algún sitio donde dejar la comida y uno de los grupos me indicó que no con cierta desgana.

Por un momento no entendí nada. Me sentía ridícula, fuera de contexto y, en cierto modo, indeseada.

Cuando recibí la enésima negativa, decidí abandonar la tortilla a merced de los elementos y largarme con las orejas gachas. Entonces, escuche unas vocecillas: unos niños querían probar. Les gustó tanto que repitieron y se animaron también sus padres. En vista de el éxito infantil, me aproxime a un grupo más alejado en el que había también niños pequeños.

Resulta que ese grupo también me miró raro al principio ¡y eso que eran mis amigos del alma que no me reconocieron! Así de feo es mi traje y así parece que, queramos o no, todos seguimos pensando que el hábito hace al monje.

Esta anécdota puede servir de ejemplo sobre cómo a veces la alteridad se mide por sus rasgos más superficiales y de la importancia de conocer los contextos, el lenguaje y el “habitus“.

Mi mala interpretación de un mensaje, la “comida popular de traje”, en lugar de convertirse en una broma celebrada por todos, me hizo estar fuera de contexto. Mi representación se interpretó como algo negativo. No me gustaría en ningún caso que esto parezca una crítica a las personas allí reunidas, en absoluto. Querría subrayar que, de no ser tan mema y no haber cometido este error, probablemente me hubiese comportado igual. No en vano, soy una más vista como vista o me vean como me vean.

Estar, por una vez, en el lado de “los otros” sin quererlo me invita a pensar hasta qué punto damos importancia a los símbolos y estereotipos, representados aquí por el traje, descuidando la finalidad del mensaje: una jugosa tortilla cocinada con amor para compartir en un acto ciudadano de protesta.

También cabe mencionar cómo la interpretación de los mensajes pude verse perjudicada por la prisa, la presión, la emoción, el miedo… en fin, todo eso que puede nublar la cabeza de una torpe oficinista a la que participar en la huelga supuso malas caras de empleadores, compañeros y otras jamás imaginadas.

La imagen que ilustra este post es una remezcla de un fan-art de la serie “Como Conocí a Vuestra Madre” (How I Met Your Mother); en concreto sobre uno de sus personajes protagonistas -Barney Stinson-, cuya máxima es: “Ponte Traje”.

Cuando queráis, quedamos para tomar un café y hablar sobre prejuicios (burgueses y de nueva cuña). Será una cita a ciegas en la que seguro me reconoceréis:  seré la del trajepantalón subversivo demodé.

La relación con esta plataforma de publicación ni siquiera ha madurado y WordPress ya me está planteando cosas que no había considerado. Me dice que tengo una meta, llegar a cinco post, y me felicita por los publicados. Temo que, en unos días, me proponga matrimonio.

Casi  enternece que la máquina disponga y proponga, que funcione como un entrenador personal; que, cuando no hay ánimo ni certeza, esté ahí planteando un horizonte a golpe de conductismo simple.

Esta nota rápida es necesaria porque, más adelante, me gustaría hablaros del concepto Gamification o “Juegificación”, al que veo que WordPress también se ha apuntado.

La jueguificación es el ejemplo más obvio para analizar cómo la tecnología modula el comportamiento humano: rompe la barrera entre los espacios que propuso Javier Echeverría, articulando de manera muy eficaz la interacción humano-aplicación, vía redes sociales, con consecuencias aún por determinar.

Probablemente, muchos de los que uséis Foursquare, Zynga o Nike+ sabréis de qué estamos hablando. Los que participamos de cierto grado de ludismo, ese que lleva a mirar la tecnología con una ceja en alto displicente y no romper más máquinas que la propia en aras de un uso ético – los amigos del software libre, vaya- podríamos tenerlo un poquito más difícil.

Pues resulta que no, cuando la jueguificación ha llegado hasta a las campañas electorales, servicios web de búsqueda de empleo y, también, educativos.

Como pequeño aperitivo, comparto una imagen de la última campaña del Partido Socialista en la que explican cómo tu participación será premiada con puntos canjeables por objetos de propaganda y diversas insignias: esas medallas que en diseño web reciben el nombre de “badges”.  (Podéis pinchar en la imagen para verla grandecita).

 

Tengo que agradecer a este servicio de publicación que me haya animado a escribir un post más, aunque querría haberlo hecho más tarde.

El profesor Pryzbylewski

Lecturas y ficciones se resuelven en ejercicio cualitativo. Llegan las conexiones cuando, en el mundo de los datos académicos, todo era caos. Sabemos que la tecnología, per se, no es la cornucopia que proveerá solución a los problemas educativos . Hemos leído innumerables artículos que demuestran que, de no haber intención por parte del docente ni  de las instituciones, si no existe un modelo educomunicativo horizontal, la educación seguirá siendo una maquinaria de reproducción.

En relación al post anterior, una mirada transversal fruto de la lectura “Contra el Rebaño Digital” (pésima traducción del criticable ensayo de Jaron Lanier titulado “You are not a Gadget”) y la serie norteamericana “The Wire”, nos conducen a la siguiente hipótesis: la tecnología funciona antes como herramienta de control que como instrumento liberador.

Lanier utiliza la ley promulgada por el gobierno de G.W. Bush en 2002 “Que ningún niño se quede atrás” como ejemplo de simplificación del conocimiento en las redes sociales. En lo que nos ocupa, debemos subrayar que, bajo esta directiva, los profesores se vieron obligados a “enseñar para el examen”. Alcanzar la meta estadística para arañar el mínimo presupuesto para la educación pública.

Según Lanier, los mejores profesores se ven marginados y se deshumaniza el proceso educativo: todo pasa a formar parte de una gigantesca base de datos que los súper ordenadores del gobierno procesarán velozmente para que la maquinaria de estado siga engrasada, repitiendo los modelos que la sustentan.

Fue inevitable recordar la serie televisiva norteamericana “The Wire” al leer esas líneas. Encontrar, una vez más en la ficción, cómo no todo se puede medir en números.

Encabeza este post la imagen uno de los policías más torpes de la primera temporada. Aunque esté mal decirlo por si no la habéis visto, adelantaremos que es un enchufado: torpe, “echufao”, pero con dotes para la criptografía y las matemáticas… Vaya, fijaos qué poco mola el pobre Roland “Prez” Pryzbylewski que ni siquiera aparece en la lista de personajes de la entrada de wikipedia en castellano.

Recogemos aquí a Prez, la imagen del perdedor como profesor cuya redención se coarta por las políticas educativas, como epítome de la lucha a la que muchos docentes se van a enfrentar: aquellos que tratan de educar ciudadanos con voz crítica propia y habilidades para enfrentarse al mundo e incluso transformarlo.Tarea cada vez más complicada cuando la finalidad es pasar un test que, cada día más, convierte la educación pública en una suerte de caridad necesaria para reproducir la materia modelable de la base social: obreros consumidores, siempre clientes sumisos y buenos pagadores.

La nueva política de recortes tecnológicos en la escuela pública y su “PRISA” por el informe homónimo, nos conducen a una realidad propia del 2002 de Bush. Una realidad de guerra vista desde lejos en pantallas negras y violencia simbólica, que ya casi deja de serlo por lo insoportable.

adios escuela 2.0.“En el fondo, el objetivo final de Escuela 2.0 es la búsqueda de la calidad y de la equidad en la educación del siglo XXI. Es decir, formar, con los  recursos que  la revolución tecnológica pone al alcance de toda la sociedad, ciudadanos críticos, socialmente activos, cultos, cada vez mejor preparados  profesional y personalmente y sobre todo hombres y mujeres buenos, libres, sabios y felices.”

Antonio Pérez Saez, Director del Instituto de Tecnologías Educativas, definió este objetivo casi utópico al final del documento “Escuela 2.0. ¿Por qué en este Momento?“, publicado en febrero de 2011.

Decimos “casi” cuando deberíamos decir de facto, a la vista de la reciente decisión del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte (¿Circo y Tauromaquia?) de frenar en seco, volver la vista atrás y aceptar, voluntariosamente, un recorte más en la inversión tecnológica destinada a la escuela pública y concertada porque España va mal y todos debemos ir más rectos. Rectitud que, creo, debe pasar por modelos educativos verticales y, a ser posible, segmentados por términos tan feos y demodé como clase social o el habitus definido por Pierre Bourdieu, que tan poco gusta a la sociología de compromiso burgués francesa típica en autores como Maffesoli o Lipovetsky. En suma, no se puede gastar en cosas que no se pueden vender, lo público, ante el horizonte oscuro del déficit.

El diario ABC se dio mucha prisa en publicar la noticia, llamando al proyecto “Plan Gabilondo” y dando por hecho su ineficacia. En el artículo, el Ministro José Ignacio Wert, José Manuel Lacasa, director del Instituto de Tecnologías Educativas y  Mariano del Castillo, director del Instituto de Técnicas Educativas de CECE (Confederación Española de Centros de Enseñanza), llegan a esta conclusión: según el informe PISA se ha demostrado que el proyecto es negativo para el rendimiento de los alumnos. Según ellos, se trata de una experiencia “extremadamente imprudente en su concepción y aplicación” que debería haber estado avalado por “algún estudio o algún experimento previo o, al menos, alguna prueba a pequeña escala antes de aplicarlo a todos los alumnos”.

Estas tesis nacen en la “Jornada de Tecnología Educativa” del 15 de marzo de 2012, donde se presenta el “Informe de Tecnología Educativa 2011”.

Ante la imposibilidad, quizás por depender de una institución privada, de encontrar esta fuente secundaria tan necesaria y golosa para muchos de los proyectos de investigación que se están realizando en el ámbito de nuestra maestría, vamos a ver a qué se dedica la institución presidida por el Sr. del Castillo, CECE.

En su página encontramos que CECE es “una organización empresarial del sector educativo privado que asume y representa los intereses de miles de empresas educativas.

No dispongo de las herramientas ni el tiempo necesario para evaluar la eficacia del proyecto “Escuela 2.0.”  ni para encontrar sentido a los razonamientos de sus detractores.

Simplificando al máximo, no deja de parecer muy curioso que entidades que representan a la educación privada vengan a evaluar la educación pública.

Una búsqueda, aún más simple que nuestros razonamientos, nos lleva a encontrar fisuras en los planteamientos de Wert y compañía.

Según éste artículo de el diario “El Mundo”, el uso de las Tics aumenta en las escuelas privadas. De hecho, la dotación tecnológica suele ser uno de los reclamos publicitarios que más utilizan estos centros.

Por otro lado, esta vez sin problema alguno, podemos encontrar los resultados de las encuestas de evaluación del proyecto “Escuela 2.0.” realizadas a docentes.

Entre las conclusiones cabe destacar que “La mayoría del profesorado (75%) reconoce que la presencia de las TIC en el aula tiene un impacto relevante sobre la mejora de la motivación del alumnado en su implicación en las tareas de clase, y que les está obligando a realizar algún tipo de innovación en la metodología didáctica”.  No hemos encontrado ninguna mención a que los alumnos se distraigan más o “que con datos estadísticos en la mano” se demuestre “que los centros españoles en donde se había introducido el ordenador a los diez años estaban teniendo un rendimiento escolar más bajo” como dicen en el artículo de ABC.

Claro que ahí y aquí, por mencionar tan solo un ejemplo encontrado en ese proceloso mar de datos recursivo hasta la náusea que supone la Red cuando tratamos estos asuntos, nos aseguran que el gobierno anterior -disculpad que no pueda decir socialista- ocultó información que demostraba el impacto negativo de los ordenadores en el aula pública.

Nos encontramos de nuevo ante un cristal oscuro, un espejo que refleja en nuestra pantalla controversias difíciles y muchas preguntas ¿sin posible respuesta?.

Las ficciones, esas fuentes secundarias sin pretensión, nos pueden ofrecer vías argumentativas mucho más accesibles que los oscuros informes privados.

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